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Una ruina habitada. Un concepto [PRO] arquitectura y rehabilitación |
¿Una ruina que en poco tiempo se hizo conocida en el mundo entero? ¿Que hizo famosa a la aldea perdida en el norte de España donde se encuentra y adonde comenzaron a llegar miles de visitantes? ¿Una ruina con página web en la que se realizan debates y foros sobre la arquitectura de los sentidos? ¿Una ruina? Sí, eso es esta casa de campo, y los españoles Fernando Gallardo, dueño y Jesús Castillo el arquitecto, los artífices de un lugar que se ha llenado de espiritualidad y de fuertes emociones. Fernando Gallardo lleva 22 años dando vueltas por hoteles de todo el mundo. Y publicando semanalmente, sin haber fallado ni una vez, y por la misma cantidad de años, la columna de crítica ?muy crítica, dice? de hoteles del diario El País. Pero terminó pasando sus vacaciones en un sitio que poco se parece a un hotel. Terminó en una ruina. él la llama: La Ruina Habitada. Fernando es soltero, sin hijos y vivía en Madrid hasta septiembre del año pasado, poquito después de que conoció a la mujer de quien se enamoró y por quien se vino a vivir a Santiago. "Yo, que tengo todo montado en España, que soy un personaje conocido, que tengo una oficina con 17 empleados, que tengo toda la vida ahí, que tengo La Ruina Habitada, que me llaman para dar conferencias sobre la arquitectura de los sentidos y conceptos hoteleros nuevos, la conozco, y a la semana decido renunciar a todo y quedarme a vivir en Chile". Así que acá en Santiago ?su nueva ciudad?, en un restorán a la hora de almuerzo, cuenta la historia de su casa "especial", en el campo del norte de España.
"La aldea era muy tranquila, porque como era fea, nadie iba. Alrededor, un paisaje de lo más hermoso que hay en España: montañas y una densidad de arte Románico muy importante. Pero la ruina era un despojo arquitectónico, desmadejado, totalmente rústico. Era la no?casa". Pero le tentaba aprovecharla, por eso buscó hasta que llegó a Jesús Castillo, arquitecto, director de rehabilitación y restauración de la Fundación del Románico, "uno de los mayores expertos en restauración de este arte. Yo quería que la ruina fuera una intervención arquitectónica muy espiritual. Y nada más espiritual que una ermita románica, la criatura más mínima de la Edad Media". "Tírala. No vale nada", le dijo Castillo después de verla. "Si él es el arquitecto, pues habrá que tirarla", pensó. Pero no quedó conforme. En cambio, accedió a que durante un año el profesional ?con carta blanca, pero límite presupuestario? diseñara un proyecto del que resultó un cubo varado en medio de lo que Fernando llama el yermo castellano. Estaba todo listo para empezar las obras cuando el arquitecto le dice que el presupuesto no era suficiente. "No le salían las cuentas. El proyecto era interesante y todo lo interesante tiende a elevarse de precio. Pero yo no estaba dispuesto. él se quedó muy preocupado, porque veía que yo era un cliente que le había dejado inventar lo que quisiera. Y yo estaba más preocupado todavía porque me quedaba sin casa". Iniciaron un segundo intento. Partieron a la ruina y, sin prisas, dejaron que el lugar "hablara". "Supimos escuchar a esa arquitectura y dijimos: vamos a quedarnos con esto, a no tocarlo". La mitad del techo estaba caída: así se quedaba. Y donde se rompía, se armó un paramento de vidrio.
Antes de empezar los trabajos, Fernando y Jesús viajaron por Japón para estudiar claves de la arquitectura zen. Se guiaron también por libros: Elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki; Ornamento y delito, de Adolf Loos. Ambos encontraron muy poéticos los agujeros de algunos de los ladrillos de la casa, que les recordaban al tercer libro: Rayuela, de Julio Cortázar, que dice: "La esperanza es esa luz que se filtra a través de los intersticios de la pared y que invita a mirar más allá". Durante las obras, tejieron una amistad sólida. "él hizo un trabajo de genio de arquitecto: conoció al cliente hasta lo más profundo de su alma. El presupuesto siguió siendo el original, y cuatro años después me llama y me dice: "Ya. He terminado la casa". Entonces Fernando pidió al arquitecto que la habitara él primero, solo. Jesús estuvo un día completo con su noche. Al otro día, lo llamó y le contó cómo había sido. "Cogí mi auto, fui, me dio las llaves, pero también me dejó flores puestas en la cama, una hoja en el lavamanos, leche en el refrigerador. La casa tenía todo lo necesario para habitarla y así yo sentí lo que sentí en ese momento: una emoción indescriptible. Sentí que estaba recuperando un brazo que me había sido extirpado por los viajes". Para ambientarla, Jesús diseñó todo, hasta la loza. Salvo dos piezas de Le Corbusier, LC1 y LC4. Desde ese año, 2006, nada paró la ola. De todo el país llegaron arquitectos, estudiantes y curiosos a mirar la casa. Hubo premios y llamadas de revistas españolas y extranjeras para publicarla. Nació el sitio www.laruinahabitada.com y foros en torno al concepto de la arquitectura para los sentidos. Y llegaron también los comentarios. Como el de una mujer que visitó el lugar: "Oye, pero esta casa se va a deteriorar". A lo que Fernando respondió: "¿Y usted no, señora?", porque según él la ruina se degrada, se depaupera. "Se estropea como yo me voy estropeando también. Porque tengo con ella una relación de identidad. La ruina y yo somos la misma cosa. Es un arruinamiento paralelo. Uno de los mitos arquitectónicos es que creemos que la arquitectura debe durar para siempre. Y no tiene por qué".
Textos: Mireya Díaz Soto |
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