Decía Carlos Ferrater, los arquitectos no tenemos derecho a exigir que nuestros clientes corran más riesgos de los que ellos mismos están dispuestos a asumir.
Intentaba de esta forma localizar el escurridizo lugar de consenso entre el deber y el compromiso de un autor con la sociedad y su propio impulso innovador.
De la Sota aludía a la obligación del arquitecto de dar liebre por gato, es decir que, a pesar de que un cliente, por la razón que sea, nos pida una porquería, el gato, debemos colocarle un producto de auténtica calidad, la liebre, a ser posible.
Puede verse al arquitecto como en un papel engañador profesional, aunque sea en un timo, como afirma de la Sota, en el que el timado va a salir con un enorme beneficio.
No es cliente una palabra muy cómoda, probablemente por su fuerte y restrictiva asociación con el universo de lo económico en lo que a arquitectura se refiere.
Esta terminología mercantil que invade casi cualquier ámbito de la actividad humana, desborda el campo de lo meramente semántico para afectar profundamente a los contenidos y características intrínsecas de cada disciplina, incluyendo a los arquitectos.
No debería sorprendernos que el cliente de un arquitecto pueda considerarse a sí mismo un comprador que entra en una tienda a comprar lo que le gusta, es comprensible que muchos arquitectos contemplen a sus clientes de esta misma forma.
Hay arquitectos para los que el cliente siempre tiene la razón, porque es el que paga y está allí para darle lo que se le pida, hasta aquellos que intentan construir su propia marca reconocible, su propio estilo, para que de esa forma el cliente que entre en la tienda, ya sepa con que tipo de arquitecto va a tratar.
Cuando vamos al médico no somos clientes, a pesar que pagamos religiosamente sus atenciones, sino que somos pacientes, paradójicamente esta excepcional y desquilibrada situación no hace sentirse incómodo a nadie.
No creo que el clientelismo haya tenido ningún efecto positivo en la calidad de la arquitectura, nos ha obligado a construir elaborados razonamientos como los que citaba Ferrater o De la Sota que nos expliquen y nos acoten las características de nuestro trabajo.
La relación entre arquitecto y cliente se asemeja mucho a la de médico y paciente, el cliente debe asumir que tiene un problema pero no conoce la solución, y el arquitecto ve aumentada sensiblemente la responsabilidad sobre su trabajo.
No basta con que el arquitecto ejecute hipócrita y despreocupadamente lo que el cliente le solicita, ni es aceptable presentar un conjunto de propuestas, lo más amplias posibles, para que sea el propio cliente el que elija y así se quede a gustito, ni resulta tolerable que el arquitecto repita una y otra vez la misma respuesta para problemas diversos, con el falso pretexto de construir una marca reconocible.
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