Hay gente que tiene almas románticas, que surge de los lugares más inesperados. Por ejemplo, el abogado holandés Bob Vind, que acaba de restaurar un precioso petit hotel en pleno centro de Buenos Aires, tiene varios proyectos culturales para la casa y está simplemente encantado de tener una base en la Argentina. En el fondo de la historia hay una cordobesa, una familia nueva y un segundo enamoramiento con esta tierra desordenada. Ya que estaba, el holandés dio una pequeña lección de tratamiento de edificios históricos y demostró a las almas más reacias qué se puede hacer con un DKF y una butaca Le Corbusier a la sombra paciente de las yeserías más francesas.
El petit hotel de Paraná 920 es una de esas residencias paquetas y pacatas que solían ser la cara de Buenos Aires. Esta no fue demolida como tantas otras, pero fue saboteada por sus propios dueños, que en algún momento parecieron cansarse de su estilo y lo fueron “modernizando” caóticamente. Cuentan los vecinos que el dueño era un kinesiólogo especializado en deportes que montó un verdadero gimnasio para tratar a la Selección, a comienzos de los ‘70, arrasando con la planta baja y construyendo una losa para ganarse un ambientito vedando el patio.
Vastas extensiones de pisos de madera y de teselas pompeyanas habían sido cubiertas con alfombras, de las que se pegan sobre un aglomerado pegado a su vez al piso. Caños y cables eran anticuados, había que recalzar dos columnas estructurales erosionadas por el óxido y algún genio de la decoración se había ocupado de tapar tragaluces y banderolas, oscureciendo el lugar. La aventura hasta fue afectada por la crisis internacional, que secó el crédito holandés que financiaba la obra.
Quien pase por la casa hoy en día podrá no sospechar estas peripecias. La casa reluce repintada –no hubo caso de sacarle las pinturas anteriores– con sus molduras en orden y coronada por una máscara muy bella, inserta en su cabellera allá arriba en la mansarda. La casa tiene muy buenos hierros franceses, un gran balcón y en las alturas un óculo oval y acostado.
A la casa le falta la canónica puerta de entrada típica de una residencia de cuatro pisos, de esas gigantescas que abren a un hall altísimo y muy ornamentado que lleve directamente al primer piso, dejando la planta baja para los servicios. Lo que se ve aquí son dos puertas muy bonitas, de madera fina, pero pequeñas, separadas por un ventanal con un rotundo enrejado ornamental.
Recorriendo la casa uno termina entendiendo que estaba originalmente dividida en dos bloques, pero no se sabe si eran dos residencias, una con un amplio sector de servicio o una con un estudio o consultorio. En tiempos del kinesiólogo, la planta baja era el gimnasio y sólo quedó un ambiente más o menos original, con una bella escalera de mármol y un par de inesperadas banderolas con vidrios art déco, producto de alguna reforma de antaño. Hoy, con el patio despejado y recuperado, el lugar se prepara para ser una oficina y recepción del edificio.

La casa, entonces, se despliega a partir de su puerta derecha y hacia arriba. El que abra esa puerta se encontrará con un hall modesto y coqueto y una escalera que va nomás directo al primer piso. Sólo que allí hay apenas un descanso, una puerta que comunica a la otra casa y más escaleras. Hay que seguir hasta el delicioso segundo piso, el principal y social de esta casa. Se surge a un descanso con una arcada enmarcada en robles tallados que comunica con un hall espectacularmente luminoso. Alzar la vista es descubrir que se está en un espacio de doble altura coronado por un gran vitral –florido, neoclásico, en rosas y caramelos– con el piso superior balconeando. Es un lugar delicioso, rectangular, perfectamente proporcionado, donde la escala se achica al subir –el hall es mayor que el vano del balcón, que es mayor que el vitral– y por eso asciende visualmente.
Vind tiene varios usos para su ahora muy bella casa. Básicamente es un hotel urbano de primera agua, que permite tener dormitorio y baños propios, compartiendo cocina y living, con lo que uno realmente vive en la ciudad. Pero la Casa Paraná, como firma, busca ser una casa del escritor y un ámbito de exposiciones y eventos culturales que mezcle holandeses y argentinos.
La casa que diseñó el arquitecto Plou allá por la Primera Guerra Mundial tuvo suerte de encontrar este destino y estos cuidados. Será un lugar muy visitado y es ya un aporte al patrimonio de Buenos Aires.